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Pandora.









Nos hicimos unas cervezas
en el balcón de tu piel nívea,
haciendo desfilar hilaridades de
verbos y construcciones mentales
que la lengua serpenteaba hasta
dos núcleos de tormentos.

Podía oír gritar tus demonios
y después verlos danzando entre
los míos, mudando el lenguaje
hacia una orgía de sentimientos 
muertos.

Los niños hambrientos de mis
ojos dejarán de estar esqueléticos 
si sigues hablando de Pavesse,
Pizarnik e Iván Ferreiro
junto a esa marabunta de tabaco 
ahumado con sinceridad entre
la carne de tu boca.

Que quien charla de hipersensibilidad
con un mundo interior grotesco,
casi tenebroso y comparte vicios
abre la Caja de Pandora,
puedo dejar leer el braille de la piel,
lo que esconde esta frente,
algo que no hayas visto en otros ojos
castaños.

Sigue distanciando tu materia
de todo lo existente banalizando
cualquier otro cuerpo.


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