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Durere








Olaya dice que compro amor con alcohol y porros,
el ciego no le  deja recordar quien inició el bucle.
Eva psicoanaliza el color de mis ojeras,
viste las tardes de compañía y antidepresión,
hace ver más allá del cuchillo y la soga.

Alba llora conmigo,
echa de menos en la ventana de los niños
entre juguetes desperdigados y esferas a medias.
Sofía enseña semejanzas entre su mente y la mía,
habla de dependencias creando vacíos emocionales,
deja ver que aquella playa encendida e inicios
de luna podían pasar de mano en mano entre restos 
de hierba.

Marta sigue decorando el cuerpo abandonado,
Carla es un libro abierto entre cervezas,
Inés no tiene identidad pero lo entiende todo,
Belén es poco habitual, trae canciones de pautas,
afirma que esto es solo un poco de tormenta.

Andrei está lejos pero entiende de abandonos,
sabe que el amor sin amor me vive en el pecho,
extiende la mano amiga, rompe calendarios,
visita cuando puede el pueblo dormitorio
dejándose caer por mi tiempo desesperado.
Valentina reside en la misma zona,
extrae la materia del hábitat y bebe en el Kafka,
arrastra al poeta hacia sofás ajenos, camas sin sábanas
y baños sucios.

Claudia parece volver pronto con el testigo de
nieve en el tragaluz y tierras carolingias por sus iris,
Rita es una sonrisa perenne, una primavera
de cuatro estaciones alegrando lunes y martes. 
Crezco en la profesión con Andrea dado que
captura figuras en carne hueso, fachadas de
cemento y las entrega como un fino lienzo.
María pinta retratos de mi tristeza y comparte
un abrazo en la parada del bus, unas lágrimas
cerca del portal, casi sin conocerme.
   
Margarita simplemente arropa a su hijo
con el consuelo que solo ella puede transigir,
deja retornar a la cuna todo el amor que le cabe 
en las manos,
permite desandar al niño de los andes
que no sabía de versos,
permite desandar al niño hacía las ganas de vivir
y a no conocer tu nombre, olvidado en este poema.



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