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En el camino.





Un camino lleno de girasoles, margaritas, retrovisores,
lirios, tan desgastados como podridos.
Contiene asfalto y pintura estructurando la ciudad,
haciendo del tráfico líneas continuas hacia una ruta
anónima.

Guarda un amor efímero e insulso tiritando,
sobre otro cuerpo con una nota de papel en la mesa
colmado por despedidas en tinta.

Debo seguir el camino, cortar el puente aunque la
cabeza se abra en el intento,
Despedirlo del verano, desmoronado sin pasos,
porque he aprendido a volar aunque topando de hostias
contra toda esquina.

El camino es deber “madurar” y romper la maldición
del niño eterno,
es el conducto para viajar de la seguridad emocional
hasta los adentros,
el camino son restos de los desvencijados sin aliento.

Quiero el mío, propio, asfaltado, sin penas ni baches ni
renuncias, lo quiero todo aunque me quede
solo restos de subsistencia.

El camino ha  enseñado:
que puedes robar poemas al tiempo,
que la experiencia es un baile continuo con los errores,
que el dolor es un pájaro con solo un ala, y rota,
que el amor es una valla publicitaria,
que pueden salir llagas en la boca de querer,
es la senda de los desequilibrios,
la vía láctea hacía deseos por cumplir,
una dirección hacia otros cuerpos.

Quiero estrellar  los años que tengo, 
en el esternón de un pecho saturado o en el camino,
para acabar en siniestro total.

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